Muchos son los debates actuales en torno a la situación del COVID-19, desde la cuestión sanitaria a la económica, y en las últimas semanas y las que vienen … todo lo que afecta al ámbito escolar. Con muchos otros elementos que de manera transversal también se relacionan con estos, o colaterales de ellos mismos.
Desde que el 14 de marzo se decretara el estado de alarma y
con ello la imposibilidad de salir del domicilio salvo para cuestiones
esenciales, también se ha hablado mucho de lo que debiera significar la “nueva
normalidad”, de que esta pandemia debiera servir para realizar modificaciones
en muchos aspectos de nuestro día a día, en la importancia que debemos de dar a
nuestra vida, que es lo realmente importante y que es simplemente superfluo, y
muchas más. Esta claro que la situación actual es como aquella posibilidad que
tenemos de parar, de pararnos, donde revisemos que hacemos y como lo hacemos,
para volver a conectar, pero esta vez de manera diferente.
Creo que el Trabajo Social como disciplina y como profesión,
debe jugar un papel como motor para el diálogo y el debate, donde se puedan
generar reflexiones en aras de ese nuevo arrancar si así me lo permiten. Porque
de lo contrario me temo que al igual que pasó con la crisis anterior, si
aquella donde el presidente francés llegó a decir que el capitalismo había
muerto y hacía falta un nuevo sistema, todo volverá a seguir como estaba.
Y ¿porqué es necesario un cambio?, es obvio que aunque
existe un latiguillo muy utilizado desde hace años donde se dice que hay que
poner a las personas en el centro de toda acción, el día a día y lo que
llevamos vivido desde hace unos meses no ha hecho sino que constatar que no es
real, y que para muchas y muchos aunque no lo digan (no es políticamente
correcto), no se nos trata como personas sino como simples consumidoras/es,
energía necesaria para que el sistema siga fluyendo, donde la economía es
realmente el centro de la acción.
Como decía, este momento, aún con las dificultades que se
viven y posiblemente las que quedan por llegar, es crucial para ese cambio
necesario si realmente se quiere acometer, porque igual no volveremos a tener
una nueva oportunidad. El actual modelo, y habría que decir único modelo, puede
sobrevivir sólo a costa del incremento de la desigualdad.
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Fuente: Elaboración propia a partir del INE (2020) |
Sólo algunos datos centrados en España, donde el índice GINI
(que mide la desigualdad) en los últimos diez años no ha bajado del 30%, un 33%
en el año 2019. Con un 33,4% de hogares que no pueden permitirse ir de vacaciones,
más de 15 millones de personas. A veces pienso como se pueden sentir cuando tanto
y tanto se nos bombardea, sobre todo en estas fechas, con las tan “necesarias y
merecidas” vacaciones. O con casi tres millones y medio de personas que forman
parte de los 1,3 millones de hogares que tienen mucha dificultad para llegar a
fin de mes. Estos son sólo unos mínimos datos cuantitativos de nuestra realidad
más cercana, sin olvidar que formamos parte de ese grupo de países “ricos”, muy
poquitos, con la gran mayoría del resto del mundo donde también los aspectos de
desigualdad con ellos cada vez se acentúan más.
Es claro que hace falta un “pacto mundial por la humanidad”,
para que dejemos de ser tratados como consumidoras/es y se nos trate como
personas. Un pacto que debiera encabezar instituciones como la ONU, porque no
estamos ante un problema de falta de recursos, sino de como los actuales son
puestos a disposición de las personas, de todas las personas. Si estamos ante un problema mundial, habrá que tratarlo con medidas mundiales, que no sólo busque abordar el problema sino mejorar las cotas de bienestar.
(Puedes escucharlo también en formato podcast a través del siguiente enlace https://www.ivoox.com/no-somos-personas-sino-consumidoras-es-audios-mp3_rf_59239497_1.html)